Bodes, entre l’ostentació i la intimitat

Bodas ostentosas

Hay bodas y bodas. Ya sabemos. No hace falta explicar demasiado. Es una decisión personal. Marcan la diferencia según se quiera. Pero desde luego hay un deseo de exhibicionismo que para algunos es absurdo y para otros de vital importancia.
Hay gente que apuesta porque sea una ceremonia inolvidable, una fiesta inolvidable, un pastel de boda gigante y que los asistentes se sientan congratulados agradecidos hasta lo más hondo de sus pensamientos por haber sido invitados a un acontecimiento tan especial.

Por lo general la gente se prepara con un año de antelación, entre las invitaciones de matrimonio y el alquiler del local, el vestido y el banquete de boda se puede ir una considerable cantidad de dinero y eso que no estamos exagerando o mejor dicho no estamos hablando de aquellas bodas cuyos gastos son de por sí demasiado exagerados. Es difícil de entender por qué hay gente que quiere gastarse tanto dinero en una boda. Pero ni siquiera lo cuestionan. Saben que es una boda y de inmediato asocian boda a gasto inmisericorde.
Boda es sinónimo de dinero, de atuendos y claro de una noche que todos los que asisten recuerden para toda la vida, algo que apenas pasa, pero bueno la gente hace con su dinero lo que le da la gana. Si celebrar y gastar para tantos otros es una manera de ser felices pues bienvenida la felicidad pero que les dure siempre por favor porque de lo contrario, recordándose todos esos gastos, se arrepentirán.

No tanto les ocurrirá a ese otro colectivo que vendría a ser el extremo en potencia. Han fijado la fecha de la boda y han buscado un local que está bien para ir a cenar con los invitados que asistieron a la boda, son muy pocos, familia sobre todo, los mismos que asistieron a la boda realizada en total discreción como si hubieran bajado a un subterráneo para echarse llave siete veces y que así nadie sepa lo que se está cocinando.

Básicamente porque no se quieren gastar un duro pero no porque sean rácanos, se lo gastarán y con creces pero en lo que ellos quieran está claro solo que tienen otro concepto de la ostentación y del exhibicionismo o que tal vez ni siquiera lo tengan.

Forman parte de aquellas personas que aun creyendo en la importancia del matrimonio no comulgan con el hecho de tener que invitar a decenas de personas a participar de una recepción que para ellos será algo así como un trámite breve sin que por ello se deba invitar a tanta gente que después de todo no hacen otra cosa más que venir, comer bailar, beber, reírse criticar y largarse para no volverles a ver en un buen tiempo.
Y todo en una sola noche, una noche que se la lleva el viento y que queda grabada en algunos recuerdos de fotografía y vídeos que para muchos es de vida o muerte y para otros nada que parezca demasiado importante. ¡Vivan los novios!

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